LA COLUMNA DE LUIS APARICIO

LA COLUMNA DE LUIS APARICIO

18-11-1965

El pasado domingo prometía ser un buen día para mí. Veníamos de perder, feamente, frente al Valencia. El sábado nuestro equipo La Guaira jugó sin inspiración. Pero la mañana dominical se nos presentaba distinta. Nuestra novena había recuperado su espíritu de pelea y, particularmente yo, me sentía alegre. Con ganas de jugar bien a la pelota y, sobre todo, de vencer al Magallanes, un equipo que nos había ganado todos los juegos anteriores de este Campeonato.

Y así estuve pasando la mañana, hasta el séptimo innings. El llamado "lucky-seven" no fue para mí, en realidad, ningún "séptimo sortario".

Bateaba en ese séptimo cuando produje una línea de foul, muy violenta, hacia la tribuna derecha, justo a la parte donde no existe protección metálica para los espectadores. Había tratado de "halar" la pelota para batearla por la línea, en busca de un extrabase. Sin embargo, la bola traía mucho veneno y la línea sólida que produje se dirigió hacia la tribuna.

Fue tanta la angustia que me produjo que sólo pude ponerme las manos sobre la cabeza y levantar una súplica al Señor para que no hubiera pasado nada malo. Todos corrieron hacia allí. Pero, he de confesarlo, no tuve valor para hacerlo yo también.

Al momento el masajista de nuestro equipo y varios jugadores sacaron de la tribuna hacía el terreno el cuerpo del niño lesionado. Es una imagen que difícilmente podré olvidar en el resto de mi vida. El muchachito, con una camisita azul, venia cargado en brazos de los masajistas y peloteros. Lo llevaran al dogut del Magallanes donde le auxiliaron.

Afortunadamente nada grave le sucedió. Pero el resto del juego lo hice pensando en mi amiguito lesionado. Traté de lugar mejor aún en su honor. Ese muchachito es fanático  La Guaira, pues estaba sentado en nuestra barra. No sé, sinceramente, si logré hacer algo bueno como para ofrecérselo. Pero al menos con esa intensión jugué.

Mucho me ha hecho pensar ese enojoso accidente. Mientras estaba en el short stop, pensaba en mis hijos, queridos e Inocentes como el muchachito de la camisa azul. En mi cabeza  andaban juntos los sentimientos de hombre con los de padre y llegué a pensar con horror si un hijo mío sufriera un accidente, aunque fuera pequeño como el del muchachito de la camisa azul. Y me angustiaba.

Regresaba al doguot y preguntaba por el niño. Todos me consolaban diciéndome que ya había regresado a la tribuna. Pero, desde esta columna de SPORT GRAFITO, quiero enviarle un mensaje a mi amiguito, el muchachito de la camisa azul. A él quiero decirle que le admiro mucho por su conducta de gran hombre al recibir el pelotazo y no llorar. Decirle, también, que quiero ser su amigo y que yo estaría muy contento si supiera su nombre y su dirección, para visitarle. Y reir larle un guante.

Porque para mí, el mejor regalo que le pudiera hacer es un guante que es el símbolo de un deporte noble como el beisbol. Y él merece eso y más.