LA COLUMNA DE LUIS APARICIO



25-11-1965

SPORT GRAFICO

La semana pasada les hablé del pesar que sentí por haber golpeado, con un foul, a un muchachito. Pues bien, ahora debo relatarles algo que me ha llenado de satisfacción y alegría. Mi amigo me buscó y ahora somos grandes amigos. Y para colmo de satisfacciones, resulta que lleva mi nombre. Es decir, se llama Luis.

Verdaderamente emocionado fue al dogout de La Guaira y se me presentó. Con esa pura timidez de los niños me dijo que era quien había recibido el pelotazo aquel domingo. Y que venía a verme mucho más que por el guante que le había ofrecido, porque le preocupaba que yo pensara que estaba lesionado. No había tal. Había sido, sí, un susto terrible cuando vio que la pelota venía contra su cuerpo y que no podía quitársele de encima. Bueno, todo esto me lo contó en esa manera de hablar que tienen los muchachos.

Pero me emocioné como un novato debutante de Grandes Ligas cuando lo vi temblando como una hojita.

— ¿Qué te pasa, hijo?

—¡Que estoy alegre por ser tu amigo! Luisito es un catire muy lindo. Está afeitado al rape dejándose un montoncito de pelo en la frente. Es amable y cariñoso, aunque tímido. Hablamos largo rato y, al poco tiempo, ya no le daba pena conversar conmigo.

En verdad no tenía conmigo el guante que le había prometido. Porque no lo esperaba ese día. Entonces busqué una pelota nueva y se la firmé. Le gustó tanto como lo prometido.

 Pero sigo en deuda con Luisito, mi tocayo y amigo. Quiero volver a verlo para darle su guante.

Pero este día quería hablare de otro asunto que me emocionó tanto como el encuentro con Luisito. Fue el generoso homenaje que me rindieron, en el viejo Estadium Olímpico de Maracaibo, el pasado jueves. Quiero agradecer de todo Corazón a los organizadores del acto, esta inmerecida distinción de la cual fui objeto.

Créanme que por mi memoria desfiló aquel momento de hace doce años, cuando mi padre, Luis Aparicio, me entregó su guante de maravilla. Era el compromiso más grande que pudiera adquirir en mi vida. Reemplazar a un gran jugador de beisbol como lo fue él, es de suyo, importante. Y cuando ese jugador en retiro es el propio padre, a quien se respeta y venera, entonces el compromiso adquiere características excepcionales.

A doce años de ese momento creo no haber defraudado la gloria que me entregaba, como gran legado familiar, en el short stop del Gavilanes. Pasé por distintas categorías del beisbol hasta llegar a los Medias Blancas y mi equipo actual Orioles de Baltimore, en Estados Unidos. En mi país, el propio Gavilanes, el Rapiño y el equipo de La Guaira.

El homenaje ese tenía características de otra índole, igualmente valiosas en el campo sentimental. Era la reaparición con mi tierra. Hacía mucho tiempo que no jugaba para mis conterráneos "maracuchos”. Por eso cuando ocupé en el puesto que me había dado mi padre, en el Estadium de Maracaibo, sólo trataba de corresponder con mi actuación, al cariño, el afecto y la consecuencia de mi pueblo.

A ellos —a mi padre,  pueblo a mi Patria - debo mi carrera.

 





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